Dicen que la curiosidad mató al gato, espero que ese dicho no aplique para los conejillos de indias. Eso fue lo que me movió a postularme como voluntaria: una enorme curiosidad

Mi nombre aquí deja de ser mi nombre. Me convierto en un número de laboratorio: el 245. Estoy en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán. Soy una de las 10,000 personas voluntarias en México que probarán la vacuna china contra el coronavirus, la misma que fue experimentada por soldados del ejército chino.

Se trata de la tercera y última fase de la vacuna Ad5-nCoV del laboratorio Cansino Biologics, una de las tres farmacéuticas (las otras son Pfizer y AstraZeneca), con las que el gobierno de México firmó ya un contrato por casi 200 millones de dosis.

En promedio, cada vacuna de estas tres farmacéuticas costará 175 pesos. Es decir, que por las 200 millones de dosis, el gobierno mexicano pagará 35,000 millones de pesos (casi la misma cantidad que se gastará en el Tren Maya en 2021).

Con ello, se intenta frenar la epidemia que en nuestro país ya ha cobrado la vida de 110,874 personas y ha infectado a más de un millón 193,000 hasta este 8 de diciembre.

243… 244… Mientras espero que la enfermera diga mi número –el 245, y no mi nombre– recuerdo todas las teorías de la conspiración alrededor de las vacunas contra la COVID-19.

Que si nos instalarán un chip para controlar nuestras ideas y decisiones. Que si modificarán nuestro ADN y nos convertiremos en “seres humanos híbridos” para que estemos vigilados por “el gran ojo” de la tecnología, como alertó la actriz Paty Navidad.

“¿Por qué quieres ser un conejillo de indias de una vacuna que no sabes qué tiene?”, me preguntó mi mamá cuando le conté lo que haría la tarde del 7 de diciembre. “¡Y además china!”, dijo, creo, aún más alarmada.

Dicen que la curiosidad mató al gato, espero que ese dicho no aplique para los conejillos de indias. Eso fue lo que me movió a postularme como voluntaria: una enorme curiosidad. Saber qué hay detrás de la vacuna que está en boca de todo el mundo. Además, claro, de hacer mi labor social y participar en uno de los experimentos más grandes en la historia.

Los requisitos para ser una de “las elegidas” fueron más sencillos que el examen para ingresar a la prepa: llenar un formulario que publicó el Instituto Nacional de Nutrición –a través de Twitter–, ser mayor de edad, no tener VIH, ni estar embarazada o padecer alguna enfermedad mortal.

La empresa detrás de la vacuna

Cansino Biologics está detrás del estudio de unas 16 vacunas (contra la tuberculosis, tos ferina, tétanos y herpes, son algunas de ellas). Su sede está a casi 12,500 kilómetros de aquí, en Tianjin, China, y a poco menos de 1,000 kilómetros de Wuhan, la ciudad en donde primero se identificó al coronavirus.

Este laboratorio se fundó en 2009, entre sus logros más destacados está haber desarrollado una de las vacunas (Ad5-EBOV) para el virus del Ébola, asegura en su página.

El día final

El Instituto Nacional de Nutrición me avisó por correo electrónico que había sido seleccionada para ser una de las 10,000 personas voluntarias de la vacuna. La cita fue en la Unidad del Paciente Ambulatorio del hospital, a menos de un kilómetro de la puerta por donde entran las personas con síntomas graves de COVID-19.

El día de la prueba pasé por el ritual del filtro de sanidad (toma de temperatura y aplicación de gel antibacterial) y subí al piso siete del edificio. Entré a un salón de clases, con pizarrón verde y pupitres blancos. Éramos un grupo de siete mujeres y seis hombres, la mayoría entre los 20 y los 35 años.

Nadie parecía nervioso. Aunque detrás de los cubrebocas es difícil decir si alguien está sonriendo o mordiéndose los labios.

En mi banca –como en las del resto– había unos papeles blancos, eran las cartas de consentimiento, en donde leí varias veces que esta prueba era completamente voluntaria y sería “objeto de estudio” durante un año. Recibiría 52 mensajes de texto por WhatsApp a la semana, 11 llamadas telefónicas al mes, dos visitas en persona para monitorearme y recordarme que, si tengo síntomas de COVID-19, debo ir a hacerme una prueba al Instituto.

En una de las 18 páginas de la carta, también venían los posibles efectos secundarios: fiebre, fatiga, dolor de cabeza, dolor muscular, náuseas, vómitos, tos, mareos, dificultad para respirar, pérdida del apetito. Todos ellos podrían presentarse en los 28 días posteriores a que la vacuna entrara en mi cuerpo.

Hasta este punto todavía podía soltar la pluma y retirarme, pero después leí que los síntomas sólo aparecen en el 10% de los casos. ¡Uf! Me sentí un 90% más confiada. Firmé y acepté.

Entre nosotros –los conejillos de indias– y el pizarrón, estaba un hombre de bata blanca. Era el Dr. Guillermo M. Ruiz-Palacios y Santos, el responsable de toda esta investigación y uno de los héroes de esta batalla contra la epidemia, aunque su nombre probablemente nunca salga en los billetes ni aparezca en los libros de texto.

Ésta no sería la primera batalla para el doctor Ruiz-Palacios. Su currículum advierte que ha participado en la elaboración de la vacuna contra el rotavirus en nuestro país y es considerado uno de los 10 investigadores mexicanos más citados en el área de ciencias biomédicas e infectología, según leí en una de sus semblanzas.

Ratones de laboratorio

Antes de que la fórmula de la vacuna pinche mi brazo izquierdo, me enteré que la Ad5-nCoV fue probada en China y Canadá en dos fases: la primera, en ratones y chimpancés con una eficacia de más del 90%. Y la segunda se aplicó en más de 600 personas, las cuales lograron desarrollar altos niveles de anticuerpos y protegerse del virus hasta en 80%, nos explica el Dr. Guillermo M. Ruiz-Palacios.

Entonces imaginé a un montón de ratones y chimpancés con “el chip” de la vacuna COVID-19. ¿Ellos también lograrían ser controlados y modificados para convertirse en otra cosa?

En esta, la Fase III de la vacuna –nos explica el investigador– participarán unas 36,000 personas en nueve países de todo el mundo. “Se prevé que con este número de vacunas, tendremos suficiente número de personas (que se infecten y no se infecten del virus) para saber si hay un nivel de protección contra el COVID-19 como sucedió en las primeras fases de experimentación”.

Efecto placebo

La vacuna Ad5-nCoV está compuesta de adenovirus (un virus muy común que sólo genera resfriados) y dentro de él, está una pequeña partícula del nuevo coronavirus para que ésta sea la que genere una proteína de la COVID-19 a la que mi organismo reaccione con anticuerpos y genere inmunidad, nos explica Ruiz-Palacios.

Lo que nos dice también es que a la mitad de las personas voluntarias nos aplicarán la dosis de la Ad5-nCoV y a la otra mitad sólo un placebo, es decir, una sustancia que tiene algunos componentes de la proteína del COVID-19, pero que no tiene el efecto de la vacuna (aunque sí los síntomas adversos).

El placebo se utiliza en los ensayos clínicos para medir los efectos adversos de un nuevo medicamento o vacuna, para comparar la efectividad en la persona que sí recibió la vacuna y la que no.

Pero hasta ahora, ni el investigador ni las personas voluntarias sabemos si lo que nos inyectaron fue el placebo o la vacuna. Eso lo sabremos en unos seis meses, cuando los estudios clínicos (analizados en China y Canadá) estén más avanzados.

Por eso es que hasta ahora no puedo bajar la guardia, tengo que seguir cuidándome, con la sana distancia, el uso de cubrebocas y el lavado seguido de manos.

Para identificar a quién le pusieron placebo y a quién la vacuna, nos dieron un número asignado a nuestra vacuna y nombre: yo fui la 245.

Una (y tal vez la única) recompensa que tengo por haber sido voluntaria, es que si me inyectaron el placebo y no la vacuna, seré una de las primeras en recibirla, una vez que esta haya sido aprobada.

Embarazo negativo

No bastó con decirles que no estaba embarazada y mi vida no estaba en riesgo (o al menos eso quiero creer). Antes de llegar al consultorio donde por fin me pondrían la vacuna, me enviaron al baño con un frasquito transparente para hacerme una prueba de orina y verificar que, en efecto, no sería madre, algo que también tengo prohibido hacer en los próximos 12 meses que dura la prueba.

A lado de mí estaba una guardia de seguridad del Instituto, de 38 años. Es mi amiga de prueba. Ella no se preocupa, ya fue madre. Me dice que tiene mucho miedo, veo frotar sus manos en sus piernas. Una doctora de este hospital la invitó a aplicarse la prueba, le dijo que además de ayudar a la investigación de la vacuna, podría generar inmunidad, eso fue lo que la convenció, pues dos de sus compañeros murieron hace unas semanas, contagiados del virus.

Otra de nuestras compañeras de estudio, de 32 años, viene de Xochimilco. Nos dijo que ella estaba ahí porque no le cuesta nada ayudar. A mi compañera de prueba le emociona ser parte de la historia, de este momento. “No les voy a mentir, también me dio curiosidad saber cómo se hacían estas pruebas”. Le digo que a mí también y reímos.

¿Cómo es el proceso?

Después de librarme de la prueba de embarazo, me llevaron con una doctora del Instituto, quien me preguntó si tenía alguna enfermedad crónica, VIH, mi peso, mi estatura y me confesó que hasta ahora, no habían ido muchas personas voluntarias. “Las personas tienen mucho miedo, no saben qué les puede pasar”.

“¿Tú estás nerviosa?”, me preguntó.

Cuando le contesté muy segura que no y comprobó que mi calidad era sana, fui a otro consultorio del hospital, donde me sacaron 75 ml de sangre, algo así como un buen caballito de tequila. “Si sientes que te vas a desmayar, me dices y te doy un chocolate”, me intentó tranquilizar el enfermero que succionó como zancudo sangre de mi brazo con una jeringa.

Mi sangre volará poco más de 4,000 kilómetros y será almacenada en algún laboratorio de Canadá a una temperatura de -70 grados centígrados, según leo en la hoja de consentimiento. Una parte de mí estará congelada en otro país, para estudiar mis defensas y anticuerpos antes y después de la vacuna.

Mis datos personales (nombre, edad, dirección y resultados de la prueba) se conservarán en la Universidad de Dalhousie, en Canadá, y en los laboratorios centrales de CanSino, en China, los dos lugares que analizarán los estudios.

¿Después de tener la vacuna qué me pasaría? ¿Ya soy un zombie? ¿Tendría fiebre, dolor, manchas verdes en mi cuerpo? Hasta ahora no. Me hicieron esperar 30 minutos en la clínica para ver si en ese tiempo no tenía un efecto adverso inmediato. Nada pasó.

Después de la media hora, me regalaron un termómetro digital que ahora tengo que llevar conmigo a todas partes.

Después de tres horas salí del Instituto y fui a mi casa.

Un día después desperté con un ligero dolor en el brazo, toqué mi cara frente al espejo para saber si seguía siendo yo. No han habido más síntomas, más que un ligero cansancio. Nadie del Instituto me ha contactado a través de WhatsApp ni me ha llamado todavía.

Hasta hoy, aún no sé si dentro de mí está la próxima vacuna que podría salvarnos de este virus mortal.

Fuente: reporteindigo.com

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