Jesús Antonio del Río Portilla

Del 25 de mayo al 22 de agosto del 2021 se pasó de tener aproximadamente 14 mil a más de 130 mil casos de COVID-19 a la semana registrados en México. Esa fue la última ola de la enfermedad del 2021. En cambio, al final del 2021 e inicios del 2022, la variante Ómicron cambió la tasa de contagio, que pasó del 22 de diciembre al 9 de enero de aproximadamente 13 mil a más de 134 mil casos a la semana. En ambos períodos el incremento es de diez veces, pero mientras el del año pasado se reporta el cambio máximo, en este período parece solo el comienzo. Además, notemos que en el primer intervalo de tiempo pasaron casi tres meses, pero el último es de menos de un mes.

Estamos sufriendo un embate muy fuerte para la salud pública en nuestro país.

A finales de noviembre pasado escribía sobre que los impactos de la COVID-19 han sido más intensos en la población más pobre [1] y en esta ocasión estamos presenciando lo mismo. Observamos larguísimas colas para la atención médica en los servicios públicos de salud. La ausencia en sus labores de las personas sufriendo la COVID-19 está provocando paralización en muchos sectores tanto públicos como privados.

Estas ausencias causan efectos similares a un cierre de las actividades.
Por supuesto que la obligación de los gobiernos es alertar a la población.

Con las experiencias de las primeras semanas en otros lugares del mundo se podían haber definido estrategias de aviso consiente e informado a la población, para intentar disminuir la rapidez de los contagios, pero no se ha hecho con vehemencia.

Los diferentes niveles de gobierno optaron por menospreciar las posibles graves consecuencias que estamos empezando a observar. Somos uno de los países con mayor número de muertes por habitante [2], mostrando preocupante baja resiliencia a los efectos, económicos, sociales y de salud, de la COVID-19 que nos augura un muy lento proceso de recuperación y que quizá aumente las desigualdades en la sociedad.

La tasa de resiliencia para nuestro país es de la mitad de la mayoría de los países del tamaño de nuestra economía [2]. Esto implicará que los efectos negativos permanecerán por más tiempo.

No solo la hospitalización y las defunciones son lacerantes, las posibles consecuencias de haber sufrido la enfermedad sin las atenciones y cuidados informados porque no hay cupo también lo serán. Adicionalmente, las actitudes de menosprecio a las ciencias como apoyo para la toma de decisiones y enfatizar los objetivos de corto plazo de construcción de mega obras son aspectos que no parecen apuntar hacia el bienestar social. Estas últimas muy cuestionables en cuanto a que difícilmente conducirán a un bienestar social.

Enfatizo, lo que verdaderamente me desespera es que se sabía de la explosividad de contagio de la variante Ómicron y el gobierno mexicano no definió estrategias para disminuir la rapidez de contagio con las medidas que ya conocemos.

En estos momentos, cuando el mismo presidente de la República, que evita el uso del cubrebocas en nuestro país, ha sido nuevamente detectado como positivo a la enfermedad, es uno de las últimas oportunidades para cambiar las estrategias y hacer caso a los sectores que construyen conocimiento y pugnamos por las estrategias que privilegian la salud de la población, en lugar de seguir privilegiando elefantes blancos.

En las últimas semanas de diciembre y la primera de enero, una esperanza estaba rondando por el mundo: si las infecciones causadas por el Ómicron son menos graves, la transición hacia una convivencia con un virus SARS-COV-2 menos letal parecía viable [3], pero últimamente hay algunos casos que no concuerdan con esta hipótesis.

Hay que seguir esperando más información; pero no podemos convertirnos en los sujetos experimentales para corroborar ésta hipótesis. Sí, al no evitar los contagios, estamos siendo una población que puede aportar datos a favor o en contra de esta hipótesis, es decir, con un número importante de casos graves o con una población que transitó hacia la convivencia con menos gravedad.

Con esta irresponsable actitud se está olvidando el principio precautorio del que tanto se habla en parte del sector científico en el poder actualmente; pero que se aplica selectivamente.

Tenemos prácticamente dos años, la población que tenemos el privilegio de contar con información global y que hemos podido sobrellevar la COVID-19 de una manera menos perjudicial debemos actuar con el ejemplo y alertar a las personas que nos rodean, para que con base en el conocimiento decidan y eviten enfermarse por primera vez o por segunda o por tercera; ya que cada nuevo contagio puede ser peligroso y traer consecuencias a largo plazo.

Las instituciones académicas como la UNAM están desplegando un esfuerzo mayúsculo aportando información confiable y poniéndola a disposición de amplios sectores de la población, pero se requieren acciones amplificadoras por parte de nosotros. Sí, cada persona puede usar sus redes de contactos para difundir estos mensajes.

Esta semana podemos ver en el canal de YouTube de Gaceta UNAM un mensaje con algunas recomendaciones para disminuir el riesgo de infectarse con Ómicron ( https://www.youtube.com/watch?v=1M0KWQXsOmM ) [4]. Hagamos nuestra labor de propagación, si tenemos contactos con acceso a la Internet compartamos la liga, pero seguramente conocemos a personas que no tienen este privilegio. Compartamos lo que se dice y contribuyamos a construir una sociedad más informada y que actúe en concordancia, con información basada en conocimiento.

[1] https://www.thelancet.com/journals/lanam/article/PIIS2667-193X(21)00111-3/

[2] https://www.nature.com/articles/s41598-021-03358-w

[3] https://www.nature.com/articles/d41586-022-00004-x

[4] https://www.youtube.com/watch?v=1M0KWQXsOmM

Fuente: delrioantonio.blogspot.com

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