“Debido al hecho de que México no ha tenido nunca un Estado de Derecho, los actores sociales suelen reaccionar ante la decadencia institucional como miembros de familias que tienen estrategias económicas complejas”

La idea de que los problemas de México provienen de una crisis moral, de un tejido social rasgado, forma parte de la ideología de un nuevo Estado que le ha cedido responsabilidades claves a la contingencia, aseguró el antropólogo social Claudio Lomnitz, miembro de El Colegio Nacional, al dictar la sexta lección de su ciclo El tejido social rasgado.

Con el título La contingencia: familia, comunidad, Estado, la sesión transmitida en vivo la tarde del viernes 29 de octubre, a través de las plataformas digitales de la institución, el investigador ofreció una reflexión en torno al concepto de la inestabilidad del orden institucional como una característica central tanto del nuevo Estado como de la nueva sociedad en la que estamos inmersos.

Para ello, su cátedra giró alrededor del célebre estudio de Albert O. Hirschman, Salida, voz y lealtad, en donde discutió sobre las alternativas que se le presentan a los actores sociales cuando le hacen frente a una institución que se está deteriorando y las implicaciones que podría tener para esa misma institución, en especial el que sus miembros opten por una o por otra alternativa.

“Sus ideas son un punto de partida útil para nuestra discusión, porque esta época ha estado marcada por el declive de modos de vida enteros, como el campesinado, y por la reestructuración de ramas de actividades enteras. Este proceso acelerado de creación destructiva está en el trasfondo de la sociología que quiero explorar: Hirschman decía que ‘ante el decaimiento institucional, los actores sociales enfrentan un gran dilema: abandonar la institución o tratar de transformarla a través de una mayor participación.”

Debido al hecho de que México no ha tenido nunca un Estado de Derecho y a la preponderancia de las economías informales en el país, aseguró Claudio Lomnitz, los actores sociales suelen reaccionar ante la decadencia institucional no tanto como individuos, sino como miembros de familias que tienen estrategias económicas complejas.

Este hecho lleva a que prevalezca con mucha frecuencia una tercera opción, que no es ni la de la voz ni la de la salida y se podría caracterizar en su conjunto a modo de lo que el politólogo y antropólogo estadounidense James Scott calificó, hace varias décadas, como “las armas de los débiles”, es decir, estrategias para reducir el compromiso laboral con un patrón o una institución, sin abandonar el trabajo ni criticarlo abiertamente.

“Scott consideraba que esas prácticas en su conjunto son y han sido formas de resistencia: yo las entiendo como modalidades de resentimiento y enajenación, orientadas a liberar el tiempo propio para poder realizar otras actividades que pueden, o no, ser económicamente rentables, pero estarán siempre orientadas a la profundización de las redes sociales.”

Para el antropólogo mexicano, calificar esta clase de acción como resistencia, como lo hace Scott, viene de una ideología muy específica, como lo es la lucha de clases, cuando la misma acción puede ser narrada de otras maneras; por ejemplo, como un episodio o una estrategia dentro de la saga del orden familiar y de la protección de la comunidad.

“Así, ante el socorrido dicho de ‘tú haces como que me pagas y yo hago como que trabajo’, que habla de una relación de resistencia por parte del trabajador, puede responder a una lógica de la diversificación de susceptibilidades, adoptada como estrategia familiar que sirve para tratar de sobrellevar cualquier adversidad y que la familia continúe”, porque el trabajador ni le alza la voz a su patrón, ni abandona su trabajo, sino que busca disminuir su inversión en ese trabajo para cultivar actividades suplementarias: “se trata de una situación en la que hay poca lealtad, pero no nula lealtad”.

Las relaciones en la sociedad

El análisis de Claudio Lomnitz parte de la idea de que estamos en un tiempo caracterizado por la inestabilidad institucional, marcado por cambios económicos profundos, y por un cambio de la arquitectura misma del Estado; al respecto, a su parecer priva cierto descontrol gubernamental y aun el abandono de algunas de las funciones tradicionales del Estado, como ser garante de la seguridad pública.

De esa manera, también, se ha generado una economía dominada por una serie de empresas del llamado multi-level marketing, un maridaje interesante entre negocios formales y la organización social informal, expresada frecuentemente en un lenguaje corporativo peculiar en donde cada vendedor es su socio o un asociado, y no un empleado, y cada cliente es un socio en potencia.

“Tampoco es casualidad que otra de las grandes empresas mexicanas, Omnilife, pertenezca a esta clase de negocio, ni nos debemos de extrañar del éxito que tiene en México. Eso que en inglés llaman la economía de chambitas o de ingresos suplementarios, poblada en sus inicios al menos de capitales como los que formaron Uber o Airbnb son negocios en el que el capital organiza, estandariza y comercializa actividades muy antiguas de las clases medias en su diversificación interna.”

En ese contexto, lo central de las relaciones personales para lidiar con un Estado que no ha sido nunca un Estado de Derecho, entendido como un principio en el que todas las personas e instituciones están sometidos a la ley, tiene su sustento en la posibilidad para las clases medias de tener acceso informal a diferentes dependencias de gobierno, a través de conocidos, que facilite el acceso “a un permiso para abrir un negocio, la aceleración de un trámite, conseguir un trabajo o tener acceso a información que pueda ser indispensable para ganar una licitación, por ejemplo”.

“Las clases trabajadoras también han dependido de la diversificación social y esto vale incluso para la clase obrera industrial; en México, los sindicatos han sido, en buena medida, negocios familiares y, más allá de eso, los trabajadores industriales calificados han tenido, cuando menos desde un ángulo familiar, un paso asegurado a las clases medias, por lo cual las clases medias operan con estrategias análogas a las que hemos identificado ya tanto en el campesinado como en las clases medias”, resaltó el colegiado.

En resumen, la sociedad mexicana, como un todo, ha desarrollado formas de sociabilidad orientadas a la reciprocidad, a sostener redes sociales y a cultivar alguna diversificación interna en esas redes; esto explica la pasión que había en México por las sucesiones presidenciales, puntualizó el colegiado, sobre todo cuando no había democracia ni se sabía qué partido continuaría en el poder, ni quién escogería al próximo presidente, pero la identidad específica de un candidato afectaba a un amplísimo sector social, porque cada uno tenía su propia red y cada miembro de esa red tenía, a su vez, su propia red.

“Quisiera concluir con un primer esbozo, que presenta más bien un programa de investigación que un conjunto de conclusiones firmes: la liberalización de la economía en los años 80 y 90 significó grandes quiebras, de una magnitud tal que colocaron a sectores importantes de la población en una situación predicha por el modelo de Albert Hirschman, porque México se encontraba inhibido en su validez debido a la relevancia de sus estrategias de cobertura.”

Ante los límites de la estrategia de diversificación familiar que se enfrenta en algunas regiones del país o sectores de alguna economía, se da una precarización de algunas relaciones al interior de la familia: una precarización que puede operar a partir de decisiones de miembros aislados de cada familia.

Situaciones, por ejemplo, en que se toman decisiones de migrar que ya no cuadran con una estrategia de reproducción familiar, sino con una lógica de atomización, pero que también puede operar con una lógica de afuera para adentro “cuando organizaciones violentas reclutan a jóvenes, incluso los raptan, para que pertenezcan a una nueva organización, frecuentemente imaginada como si fuera una nueva familia”.

“Hoy, en México, hay mucha voz y poca respuesta desde el Estado a esas voces. Hay salida, pero las posibilidades de la salida se han ido limitando en la medida en la que Estados Unidos ha cerrado sus fronteras y que la economía mexicana se ha estancado. La situación actual se caracteriza por nuevas restricciones a la situación prevista por Hirschman: hay mucho recurso a la voz, pero poca efectividad de la participación democrática; hay muchas ganas de salir, de huir, pero un horizonte cada vez más reducido para hacerlo en condiciones exitosas.”

De acuerdo con Claudio Lomnitz, en un contexto así, que se parece cada vez más al viejo juego de las sillas musicales, dramatizado en series como El juego del hambre o El juego del calamar, se ha manejado en México cada vez más con una gobernanza que se legítima diariamente con la estrategia de la contingencia.

De esta manera se ha construido una actitud hacia el desastre como resultado o bien de la mala suerte o bien de la falta de méritos o del pecado; así, el gobierno se queja de una crisis moral, del tejido social rasgado, “cuando lo que sucede es que el Estado ha abdicado a ejercer algunas de sus funciones”.

“La ideología de la contingencia es una fórmula que busca reforzar los mecanismos tradicionales de las estrategias diversificadas de supervivencia familiar y, al mismo tiempo mantener, cierta capacidad de narrar el desastre, de retener el control sobre los tiempos en que se desenvuelve, al tiempo que se declara tácita o implícitamente incapaz de mitigar los efectos de ese desastre”, destacó Claudio Lomnitz.

Fuente: El Colegio Nacional

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