Cuando trabajadores de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro encuentran a la Coyolxauhqui, el 21 de febrero de 1978, se establece el Proyecto Templo Mayor

La madrugada del 21 de febrero de 1978 es vista como el punto y aparte en torno a los trabajos arqueológicos desarrollados para acercarse a la historia de la cultura mexica: se inició una etapa que es vista como fundamental para tratar de entender la importancia de ese pueblo, pero al mismo tiempo, forma parte de un proceso de siglos, en donde la arqueología ha jugado un papel fundamental.

El ciclo En busca de Tenochtitlan y Tlatelolco, coordinado por Eduardo Matos Moctezuma, integrante de El Colegio Nacional, tiene como objetivo primordial el “dar a conocer el aporte que la arqueología ha hecho, a través de muchos años –aun siglos–, al conocimiento de este pueblo mexica”, de ahí el tema de la primera conferencia, Tras las huellas de los mexicas, impartida por el destacado arqueólogo mexicano, y transmitida en vivo el 9 de agosto a través de las plataformas digitales de la institución.

Estas huellas, que se empezaron a plasmar desde 1790, específicamente el 13 de agosto, cuando se encuentra la monumental escultura de la Coatlicue, diosa terrestre, madre de los dioses: “es una casualidad que coincida con aquel 13 de agosto, el de la caída de las dos ciudades mexicas, Tenochtitlan y Tlatelolco”, lo que denominó en algún momento el arqueólogo como “el retorno de los dioses”.

Al poco tiempo de haber aparecido esa escultura, se halla la llamada Piedra del sol o Calendario azteca, “que no funciona como un calendario, pero fue el nombre que se le aplicó desde el momento de su descubrimiento”, una pieza que, en la actualidad ocupa la parte central del Museo Nacional de Antropología.

“Es un gran monolito que no fue terminado: detrás de ella se aprecia parte de la piedra que estaba siendo trabajada, aunque sí nos quedó toda la representación de la figura, en la cual observamos en el centro a una deidad muy importante: el rostro de la representación solar, Tonatiuh.”

En su conferencia, Matos Moctezuma aseguró que muchos de los estudios realizados a lo largo de la historia han planteado diversas interpretaciones de la piedra misma, así como de su centro, siendo una de sus principales características, de toda la escultórica mexica, el tener un “tallado impresionante”.

“La pieza se encontró en la Plaza de Armas, hoy conocida como zócalo, apareció el 17 de diciembre de 1790, con lo cual estamos hablando de finales de la colonia. Además, al año siguiente, en 1791, va a aparecer otro gran monolito: la piedra de Tízoc, una pieza que en la parte superior representa al sol y, en su costado, se observan los triunfos del tlatoani mexica y cómo domina diferentes pueblos.”

El hecho de que se encontraran todas estas piezas no se puede considerar como algo azaroso, pues en ese momento gobierna en la capital novohispana el segundo conde de Revillagigedo, quien va a hacer una serie de obras muy importantes para la ciudad de México; incluso, hay quienes lo consideran como el más importante virrey de la Nueva España.

“Las piedras llamaron la atención de un sabio novohispano, de Antonio de León y Gama, el autor de uno de los primeros libros en torno a la Coatlicue y la Piedra del Sol. Quiero llamar la atención de la rapidez con que se publicó la obra, con la que se da inicio la arqueología mexicana, porque trajo como consecuencia otros aspectos importantes: su trascendencia estriba en que el sabio trata de interpretar el significado de esas primeras piedras; no siempre muy apegado a lo que hoy se conoce de esas piezas, pero sí atinado en muchos aspectos.”

La nueva identidad

Después de esos primeros estudios, sin embargo, esas piezas prehispánicas tuvieron un destino desigual. La Piedra del Sol se colocó en un costado de la Catedral Metropolitana, mientras la Coatlicue quedó abandonada en un rincón de la Real y Pontificia Universidad, si bien el desigual destino tuvo razones específicas, en palabras de Eduardo Matos Moctezuma.

“En aquel entonces, España estaba siendo atacada por pensadores europeos y varios de ellos hacían ver que el triunfo de España sobre las huestes indígenas fue por tratarse de pueblos primitivos, que en realidad tenían una sed de oro. Revillagigedo, sabiendo de estos ataques, manda a colocar la piedra en el costado poniente de la catedral, porque quería mostrar que no era cierto que los pueblos conquistados fueran primitivos y ahí estaba ese ejemplo: un círculo perfecto en el que se observaba una serie de glifos que representaban, lo que León y Gama había llamado almanaque; él mismo decía que servían como reloj, lo cual no era cierto.”

Por otro lado, en el caso de Coatlicue, no se le entiende; los pensadores de ese tiempo decían que no tenía ni pies ni cabeza. En el momento en que la sacan y la ponen de pie, se hace ver que tiene una serie de figuras en el cuerpo de la diosa, sin pies ni cabeza: tenía razón, porque no tiene cabeza, está decapitada, “lo que vemos como cabeza son dos chorros de sangre que, en forma de cabezas de serpiente, se encuentran para dar un frente a manera de un rostro”.

Otra historia compartida por el colegiado fue las visitas que recibía la Coatlicue en su abandono: a principios del siglo XIX iba gente del pueblo a ver a la diosa y llevaban cirios encendidos, se postraban ante la deidad, lo que atrajo la atención de los maestros de la Real y Pontificia, muchos de ellos sacerdotes, quienes decidieron que no se podían permitir esas visitas y proceden a enterrar a la escultura, hasta que llega Alejandro de Humboldt a la Nueva España.

En su recorrido histórico, Matos Moctezuma reconoció que, en la época insurgente, se busca reivindicar a nuestro pasado prehispánico, siendo la cultura mexica un eje fundamental de los nuevos relatos, porque ellos habían sido los que enfrentaron a Cortés y a los miles de indígenas que lo apoyaban.

“Ahora que la patria volvía a ser independiente se tomaba el símbolo mexica del águila parada sobre el nopal, devorando a la serpiente y, aunque lo de la serpiente no aparece en algunos documentos prehispánicos, fue una manera de ver que la nueva nación tenía unas raíces profundas en aquel México negado y destruido por España.”

Ahí empieza esta presencia fundamental del mexica y muchos de sus dirigentes se convierten en héroes por su posición ante España, “aunque no se toma muy en cuenta que había creado el imperio mexica, imponiéndose a otros grupos para explotarlos y aplicarles un tributo”.

En ese proceso, Porfirio Díaz también tuvo un papel importante, pues durante su gobierno se glorifica a los héroes mexicas, como es Cuitláhuac, pero también se apoyan los trabajos arqueológicos para recuperar esa parte de nuestro pasado, como en el caso de los esfuerzos desarrollados por Leopoldo Batres, arqueólogo muy importante, “que hace rescates detrás de la Catedral Metropolitana: se estaba abriendo un desagüe, él interviene y rescata materiales del Templo Mayor”.

Otro personaje fundamental fue Manuel Gamio, el primero que, por ejemplo, llamó a diversos especialistas para estudiar una región como Teotihuacan y conocer desde su pasado prehispánico, hasta su tiempo, principios de la revolución, aun cuando también excava en un predio que se encontraba en Seminario y Guatemala, y encuentra la esquina de una etapa constructiva del Templo Mayor.

El punto y aparte se dio el 21 de febrero de 1978, cuando trabajadores de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro que trabajaban en la Calle de Guatemala, encuentran a la Coyolxauhqui, con lo que se establece el Proyecto Templo Mayor.

Desde un principio se planteó como un proyecto multidisciplinario, bajo un principio: no se iba a reconstruir el edificio, se iba a respetar tal como fuera saliendo, lo que “se estableció para no mitificar el edificio, porque su propia destrucción era un dato histórico, había que respetarlo así”.

“Ahora ya vemos las diferentes etapas constructivas, los techos que protegen los lugares donde hay pintura, pero esto llevó más de cincos años para liberar al Templo Mayor en cada una de las etapas constructivas, incluso las ofrendas que se encontraban en otras partes. Siete etapas o agrandamientos las que tuvo el templo por sus cuatro lados: en su última etapa llegó a tener más de 82 metros de largo y unos 45 de altura.”

Fuente: El Colegio Nacional

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