Si México ha sido capaz de aportar tanto a la multipolaridad del mundo cultural es precisamente porque tuvo genios como Rufino Tamayo, destacó González Gortázar

Rufino Tamayo vivió tres décadas en el extranjero y nunca dejó de iluminar desde allá el camino de las nuevas generaciones de artistas mexicanos, al grado de que hemos descubierto que “todos tenemos en el alma, sin saberlo, un trocito pintado por Tamayo”, a decir del arquitecto Fernando González Gortázar, uno de los participantes del Homenaje a Rufino Tamayo. 30 aniversario luctuoso, coordinado por el integrante de El Colegio Nacional, Felipe Leal, en memoria del también colegiado Vicente Rojo.

En la mesa, que se llevó a cabo el lunes 28 de junio, y se transmitió en vivo a través de las plataformas digitales de la institución, también se contó con la presencia de Mónica López Velarde Estrada, Jaime Moreno Villarreal, Ingrid Suckaer y Felipe Leal, quien también moderó la mesa.

“En el transcurso de menos de un año hemos perdido a dos de las columnas que sostenían a la cultura actual en el país: Manuel Felguérez y Vicente Rojo. Tamayo fue uno de los padres fundadores del México del último siglo”, destacó González Gortázar, quien recordó que el artista oaxaqueño fue largamente acusado de antinacional y extranjerizante: “qué diminuto concepto se tenía de lo que era el trasfondo mexicano y, de eso, siguen perdurando ciertos rescoldos”.

En ese sentido, no es lo mismo ser nacional a ser nacionalista, como no es lo mismo ser mexicano que mexicanista. Lo segundo es algo que se busca como parte de un programa, es una impostación forjada por cierta ideología. Lo primero es, simplemente ser, “dejarse llevar, dejarse por todo aquello que nos ha conformado desde que nacimos. Es decir: por lo que somos”.

“Ni Rufino Tamayo ni Luis Barragán ni Juan Rulfo ni Clemente Orozco ni Álvarez Bravo fueron nunca mexicanistas. Ellos simplemente hacían su autorretrato con cada una de sus obras y esas obras eran inherentes a su propia vida, se derivaban de ella. Si México ha sido capaz de aportar tanto a la multipolaridad del mundo cultural es precisamente porque tuvo genios como los que he nombrado, que enriquecieron la cultura universal por el camino de ser nosotros mismos”, enfatizó el arquitecto.

Durante la sesión también se recordó otra faceta de Tamayo: cantaba y tocaba la guitarra, al tiempo de recoger canciones de la cultura popular, pero mucho menos se sabe que el pintor hizo también composiciones propias de esta índole, de las que conocemos muy poco, casi nada, resaltó González Gortázar antes de sorprender con un fragmento de la canción Florecita del ejote.

“He consultado con Carlos Pereda tratando de imaginar una cronología para esta pieza. Sin ninguna certeza, él cree que puede provenir de antes de 1934, cuando Tamayo estaba con María Izquierdo. De ser así, la pieza pudo ser compuesta en Nueva York. Ignoro cómo la conoció, pero la cantante Lola Beltrán la incluyó en el recital que ofreció en el Palacio de Bellas Artes, en 1984.”

En el homenaje, el colegiado Felipe Leal habló acerca de la relación de la arquitectura con los murales de Tamayo, un diálogo que resultó ser muy profundo, pues la obra del artista oaxaqueño está presente en los proyectos de arquitectos de gran talla como Pedro Ramírez Vázquez, Abraham Zabludovsky, Ricardo Legorreta, Teodoro González de león, Le Corbusier y Oscar Niemeyer en el edificio de Naciones Unidas, en Nueva York.

“Logró siempre integrarse, pero es fantástica una relación espacial que Tamayo fue depurando; algunas obras son tableros que se ubicaron en esos lugares y otras estuvieron pensadas en específico para ellos.”

Así, por ejemplo, en el Museo Nacional de las Culturas se encuentra una pieza creada en la forma clásica del muralismo, muy en el estilo de Orozco y Rivera, con temas nacionalistas, y se integra en edificios ya preexistentes, donde se adivinan sus texturas, los planos mucho más abstractos, “la geometría siempre presente en él, con las gamas de colores difuminados”.

“Tiene, además, dos esculturas emblemáticas: El homenaje al sol, que está en la macroplaza de Monterrey, y La espiga, que se convirtió en símbolo de Difusión Cultural de la UNAM. Originalmente puesta en el estacionamiento de la Sala Nezahualcóyotl”, evocó el arquitecto Leal, quien aprovechó su participación para recomendar el podcast “El rostro musical de un pintor”, concebido como el acercamiento musical a Rufino Tamayo, preparado por la Fonoteca Nacional.

El universo pictórico de Tamayo

Para la periodista cultura Ingrid Suckaer, la importancia de Rufino Tamayo no sólo se refiere al artista, uno de los más importantes del siglo XX, sino también al ser humano que tuvo la enorme capacidad de saber quién era, desde pequeño, “de tener la capacidad de ser un personaje individual y, a partir de esa individualidad, explayarse hasta el punto al que llegó”.

“No se puede transmitir lo que no se es. Si Tamayo no hubiera poseído una sabiduría multidimensional, de notable riqueza, su obra no contendría la fuerza racional, emocional, instintiva, física y erótica que posee.

“Debido a que, desde su infancia, rompió diversos estereotipos en la historia del siglo XX mexicano, Tamayo aportó un mérito extra a su obra: desde temprana edad se supo diferente y asumió el reto de serlo: quiso ser universal y lo logró. Con enorme conciencia de su individualidad supo preguntarse ¿quién soy?, ¿dónde estoy?, ¿qué quiero?, ¿qué puedo?, ¿qué tengo?”, a decir de la autora del libro Rufino Tamayo. Aproximaciones.

A los 11 años, Tamayo quedó huérfano de madre, quien durante un largo periodo padeció de tuberculosis. Su padre ya había abandonado a la familia y fue el tiempo en que tomó la decisión de venir a la Ciudad de México, por ello se tornó fuerte y se abrió a la experiencia de lucha por lo que anhelaba: “sólo se puede alcanzar lo que se ha perseguido desde la conciencia”, dijo Ingrid Suckaer.

“Nadie puede alcanzar un potencial que no tiene: Tamayo se proyectó al mundo y tomó decisiones precisas para realizar sus sueños. Amaba tanto la vida que quiso abrazar el universo por completo. En gran cantidad de obras, Tamayo plasmó elementos que hacen eco en aportaciones de la ciencia y la tecnología relacionados con la exploración del universo”.

Para la curadora de arte Mónica López Velarde, Rufino Tamayo será un argonauta tránsfuga siempre: un artista cuyos confines de la historia del arte universal no tienen límites; fue como un astrónomo observador que encuentra en lo observado una paleta viva: descubridor de escenarios inéditos, visionario de mundos diferentes, Tamayo lanzó su nave de colores y propuestas, “circundó la tierra y el espacio o, como lo entendía Heidegger, ensayó tierra y mundo en un solo lienzo profético”.

El acento puesto en lo poético es, quizá, la cualidad más apreciada por Octavio Paz en la obra de Tamayo: dice Paz “Tamayo ha traspasado un nuevo límite y su mundo es ya un mundo de poesía. El pintor nos abre las puertas del viejo universo de los mitos y de las imágenes, que nos revelan la doble condición del hombre, su atroz realidad. El hombre del siglo XX descubre lo que, por otras vías, ya sabían todos aquellos que habían vivido una crisis o un fin del mundo”.

En su participación, Mónica López Velarde se refirió al pensamiento de artistas y escritores que hablaron del artista dentro de El Colegio Nacional, como Octavio Paz, Carlos Fuentes y Fernando del Paso; también de aquellos que formaron su vida y trayectoria como José Vasconcelos, Carlos Chávez y el mismo Tamayo.

El artista oaxaqueño ingresó a El Colegio Nacional en 1991, un mes con tres días falleció en la Ciudad de México. Ingresó a tiempo. Un año antes había ido a París para cumplir los 90 años de una vida llena de milagros, a la que cada día aportaba un trozo de paraíso, aun cuando, desde la perspectiva de Mónica López Velarde, su rostro no ocultaba algo de tristeza y cierto asombro, sabía que la muerte estaba muy cerca, “que no tardaría la muerte que llevaba adentro en aflorar su piel”.

“Hasta entonces, el fulgor de su muerte se había limitado a desbordarse por ojos y trasmitirse por sus manos para iluminar los seres extravagantes, en cuyos colores y rostros muchos de nosotros, sus amigos y seguidores, sus fervientes entusiastas, nos habíamos fijado en una intensidad tal, con tal arrobamiento que, ellos, a su vez, se habían fijado para siempre en los meandros de nuestra memoria y en las entretelas de nuestro corazón.”

El poeta y ensayista Jaime Moreno Villarreal habló de la relación del artista con el lienzo, y cómo esa relación se expresa en su idea del universo, en su trabajo con el firmamento, con las estrellas y en el alcance del hombre, “un hombre que está en contradicción con su presente, pero con una ambición de futuro hacia las estrellas y hacia un futuro mejor”.

“Rufino Tamayo fue un hombre que vivió momentos muy difíciles y, especialmente, fue tocado en lo personal por la Guerra Fría, al mismo tiempo, este hombre tocado por el conflicto recibió el reconocimiento de los astrónomos por su obra, como una medalla Albert Einstein”.

En su reflexión, Moreno Villarreal centró esa relación en varias pinturas de Tamayo, en especial en la idea de colocar al artista en el umbral, como un reflejo de su idea del universo, lo que aparece en numerosos cuadros del artista.

“Al situarse en el umbral, la amplitud del espacio, la relación entre el interior y el exterior, en un análisis muy puntual para acercarse a los temas que fueron importantes dentro de la producción artística de Tamayo, en especial, la vinculación con el cosmos, un hombre que tenía gran parte de su reflexión entre la tierra y el cosmos.”

Fuente: El Colegio Nacional

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