De las actividades que realizamos cada día, hay muchas que nos producen daño sin que veamos que es lo que nos está perjudicando. Una de ellas es la preparación de los alimentos o el calentamiento de bebidas. Una gran mayoría de la población mexicana calienta o cuece sus alimentos en estufas de gas o de leña.

No hay duda que estas últimas, cuando se utilizan en lugares cerrados sin ventilación o sin una campana adecuada producen daño en el sistema respiratorio a quienes están preparando los alimentos o bebidas.

El problema no es hacer una comida en un día especial o hacerlo esporádicamente, el problema se hace notorio y causa daños acumulativos cuando estas actividades se realizan cada día.

Sin embargo, el uso de las estufas de gas también provoca daños a quienes guisan. Durante la pandemia de COVID-19 se observó que estos daños e intoxicaciones se extendían a toda la familia, dado que el confinamiento provocó que las personas permanecieran en sus domicilios y durante el invierno la ventilación no fuera la adecuada, aumentando las incidencias.

Es claro que el dominio del fuego otorgó a la humanidad la posibilidad de aumentar la digestibilidad de los vegetales y productos animales. Con el cocimiento se aumentó la diversidad y se modificó drásticamente la calidad en la alimentación para la población que usaba el fuego. Con el descubrimiento del gas se disminuyeron grandemente las emisiones de gases y de cenizas durante el proceso de cocción.

Es más, se podría pensar que la quema del gas en las estufas modernas es inocua; sin embargo, no es así.

El año pasado R. Golden, B. Gottlieb y B. Nilles publicaron un estudio donde alertan sobre los efectos negativos en la salud del uso de las estufas de gas.

En particular, concluyen que, mientras la calidad del aire en algunas actividades industriales está regulada y es vigilada, en los domicilios esta práctica no es común.

De esta manera, las posibles fuentes de contaminación del aire en los domicilios no han sido estudiadas extensamente. Dentro de los hallazgos de sus indagatorias señalan que dentro de las habitaciones las estufas de gas son una fuente de contaminantes tóxicos para las personas y otras especies animales que comparten las habitaciones.

Los niveles de contaminación debido a la actividad de preparación o calentamiento de los alimentos puede llegar a niveles que no serían permitidos en el exterior.

La población infantil está particularmente en riesgo de padecer enfermedades respiratorias por la exposición a la contaminación de las estufas de gas. La ventilación es fundamental para disminuir estos riesgos y, por supuesto, transitar a la electrificación de las actividades en la cocina es una forma más limpia de cocinar.

Seguramente las personas que guisan conocen que el propio proceso de cocción genera sustancias que llenan el ambiente de las cocinas, y muchas de ellas nos despiertan el apetito y son agradables. Sin embargo, hay otras que no se notan tanto, pero que pueden afectar nuestra salud. Dentro de los gases de combustión están el dióxido de nitrógeno y el monóxido de carbono, que son los principales contaminantes de la combustión del gas en las estufas.

Los resultados del monitoreo del aire en los domicilios con estufas de gas muestran contenidos más altos de dióxido de nitrógeno y de monóxido de carbono que en domicilios con estufas eléctricas. Estas disparidades aumentan cuando las estufas no han recibido mantenimiento (¿cuándo fue la última vez que le dieron mantenimiento a la estufa donde se cocina en su domicilio?).

Es más, las estufas que mantienen un piloto encendido incrementan estos niveles sustancialmente.

El estudio también dice que la población infantil es más susceptible a padecer enfermedades asociadas a la contaminación del aire por respirar más frecuentemente por su actividad física, a la mayor razón de superficie de los pulmones a su masa corporal y a que tanto el sistema inmune como el respiratorio están todavía en desarrollo.

Nuestra población infantil está en mayor riesgo. Se ha encontrado que los niveles de dióxido de nitrógeno caen en más de la mitad en domicilios donde no se usan estufas de gas.

En nuestro país el uso de estufas eléctricas (incluyendo las de inducción) no es común. Sin embargo, dado estos estudios y el hecho de que el cocimiento con electricidad es hoy en día más barato que con gas, puede motivar a cambiar nuestras estufas de gas por eléctricas. No es solo una cuestión de economía, sino de salud.

Es cierto que en el siglo pasado era más barato cocinar con gas y parecía más limpio en comparación con el uso de leña. Hoy este tipo de estudios y las nuevas dinámicas en el trabajo, que indican la posibilidad de pasar más tiempo en nuestros domicilios, sugieren analizar con mayor detenimiento la transición hacia la electrificación de nuestras actividades.

Por supuesto que si transitáramos hacia la electrificación, deberíamos promover que esa electricidad fuese generada con fuentes renovables.

[1] https://rmi.org/insight/gas-stoves-pollution-health

Fuente: delrioantonio.blogspot.com

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