“Las motivaciones para el establecimiento de la imprenta en América fueron múltiples, pero influyeron de manera determinante las razones de control administrativo y evangelización de los pueblos americanos”, aseguró la doctora en Historia del Arte

Desde muy temprano de la llegada de los españoles al llamado nuevo mundo, la imprenta en México tuvo un movimiento muy importante, reflejado en la manera en que diversos impresores buscaron participar de un negocio que, desde sus orígenes, se veía como muy interesante, al grado que a finales del siglo XVI llegaron a trabajar tres impresores al mismo tiempo en la Nueva España.

Las palabras le pertenecen a la investigadora Marina Garone, doctora en Historia del Arte, y encargada de dictar la conferencia Los primeros impresos de la Nueva España, como parte del ciclo ¿Qué ocurrió después de 1521? Gramática, cultura oral y cultura escrita en México, coordinado por Concepción Company Company, integrante de El Colegio Nacional, y transmitida en vivo el miércoles 2 de junio, a través e las plataformas digitales de la institución.

“Los primeros impresos de las Américas ha sido uno de los focos de atención privilegiados dentro de los estudios del libro, junto con los del final del periodo novohispano, como precedente o antesala de la independencia. Si tuviéramos que ver en términos de estudio, de análisis, de obras de divulgación, incluso de reconstrucciones bibliográficas, el siglo que todavía está demandando nuestra atención es el XVII, pero el XVI y el XVIII han sido los que han cobrado particular relevancia”, resaltó la especialista del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM.

Al ofrecer su recorrido histórico recordó que, en nuestro país, existe una larga trayectoria de estudiosos que, desde distintas disciplinas, han estado indagando sobre estos libros, buscando datos a partir de distintas preguntas y esto también es parte de la riqueza que nos ha dejado el estudio de estos libros antiguos, desde Joaquín García Icazbalceta hasta Rosa María Fernández de Zamora, Ernesto de la Torre Villar o Isabel Grañén Porrúa, en tiempos más recientes.

“Las motivaciones para el establecimiento de la imprenta en América fueron múltiples, pero influyeron de manera determinante las razones de control administrativo y evangelización de los pueblos americanos, encarnados en dos personajes, que conformaron y una dupla determinante para concretar esta empresa: Fray Juan de Zumárraga y Antonio de Mendoza, obispo y virrey, respectivamente.”

En ese sentido, la iglesia no fue la única fuerza social interesada en la actividad tipográfica: las autoridades locales, las elites de comerciantes y los grupos letrados fueron clientes activos de las prensas mexicanas, lo que motivó la llegada de impresores y el establecimiento de distintos talleres, lo que se puede notar en los pies de imprenta los sellos editoriales del siglo XVI.

Perfil trashumante

Un hecho que sobresale de todos aquellos primeros impresores en arribar a la Nueva España es su perfil trashumante, lo que no es una novedad para el caso de Europa, porque se sabía de su constante movimiento: se formaban en un lugar y luego migraban, se trasladaban de ciudad en ciudad, y eso mismo pasó en América. Por ello, tuvieron procedencias diversas y tenemos italianos, españoles, franceses –o de familias francesas-, alemanes o flamencos, y también mujeres y hombres.

“Su perfil es variopinto, combinaban los conocimientos de los cajistas, los cortadores y fundidores de letras y también los encuadernadores y libreros, porque vamos a ver que algunos de estos profesionales del libro no hicieron una sola tarea. Es importante pensar en el ámbito del libro como un arco movedizo, fluido, de profesionales que se van moviendo o que van encontrando nichos de oportunidad.”

Si bien a nivel general el nombre de Juan Pablos figura como el primer impresor en México, Marina Garone recordó que el primer nombre que se encuentra en los impresos mexicanos es el de Juan Cromberger, propietario del taller arribó a la Nueva España, aun cuando él jamás hubiera pisado nuestro territorio.

“Cromberger tenía vínculos comerciales con América antes de enviar los equipos, personas y el capital para establecer el taller: tenía minas de plata, una hacienda en Yucatán, participaba en el tráfico de esclavos. El establecimiento de la imprenta se debió a que tuvo garantizado el privilegio real de trabajar por 10 años la impresión y comercio de libros en América, condiciones materiales que le permitieron suscribir un contrato con los operarios de su taller, en 1539, con el cual Juan Pablos, junto con Jerónima Gutiérrez, su esposa –quien después sería heredera del taller–, además de un tirador italiano y un esclavo negro, se encargaron de la imprenta.”

El apellido Cromberger se mantuvo en los impresos hasta que murió, aunque su viuda y uno de sus hijos continuaron al frente del negocio familiar hasta 1547. Juan Pablos, apenas murió Cromberger, pidió a la corona la autonomía del taller, el finiquito del privilegio exclusivo y poder él arrancar las tareas editoriales; sin embargo, esto no lo pudo hacer inmediatamente, sino hasta 1548.

A pesar de la relativa precariedad del material y el equipo con que contaba Pablos, porque Cromberger no había mandado lo mejor de su taller, sacó notables obras: hacer esos libros no sólo implicaba una experiencia tipográfica, sino decisiones estéticas, materiales y textuales, “a él le debemos notables doctrinas, manuales en lenguas indígenas, las primeras ediciones musicales del nuevo mundo y publicaciones de uso universitario, además de hojas y pliegos sueltos”.

“No podemos hablar de industria editorial, pero empezamos a ver algunos rasgos de negocios privados y la articulación de los tratos editoriales para este tipo de obras. Llegamos a tener tres impresores trabajando de manera simultánea y eso también habla del negocio editorial y preguntarnos cuál es el tamaño potencial de mercado. No sólo hablamos de espacio para uno, sino para más, pero qué tanto más podía crecer el mercado.”

El segundo impresor de México llegó contratado por el primero para grabar y fundir letras: Antonio Espinosa y llegó a México en 1551, cuya impronta se notó inmediatamente en las publicaciones de su patrón, Juan Pablos, porque primeramente teníamos sólo tipos góticos, pero desde la llegada de Espinosa se conocen “tipos redondas romanas y cursivas, así como un conjunto importante de nuevos grabados e imágenes”.

Antonio Espinosa gestionó él mismo, ante España, el fin del monopolio, para abrir una nueva oficina, que le fue concedido en 1559 y trabajó hasta 1576; además, fue el primero que utilizó una marca tipográfica, una insignia habitual entre los impresores del nuevo mundo, como lo hizo Pedro Balli y Enrico Martínez, el cual se usa con la finalidad de identificar los impresos, una función similar a la que hoy cumplen los logotipos en una editorial moderna: hacen visible a los lectores y los clientes que esa obra salió de una imprenta autorizada y cuenta con el sello de calidad.

“El tercer impresor fue Pedro Ocharte, con quien se suma una vertiente cultural, en la medida que era natural de Francia y tuvo relación con Juan Pablos y se casó con una de las hijas de éste, María de Figueroa. A la muerte de Pablos, Ocharte renta el taller y pasó a la historia por su audacia y visión comercial al haber patrocinado varias obras que él mismo publicó, pero también por su desgracia personal, al protagonizar uno de los primeros juicios inquisitoriales en suelo americano vinculado con el mundo del libro”, compartió la investigadora.

A esos primeros nombres se suman los de Pedro Balli, quien viajó a América en 1569 para desarrollar tareas de mercader de libros y encuadernador, actividades que lo pusieron en el circuito editorial, pero también existen datos de que era distribuidor de tinta y papel, alguien que ve el negocio de una manera ampliada.

Antonio Ricardo fue el quinto impresor que llega a México, en 1577, y trabajó en las proximidades del Colegio de San Pedro y San Pablo, que pertenecía a los Jesuitas, por eso buena parte de su labor editorial está vinculada con dicha orden.

Además de la viuda de Juan Pablos, la siguiente mujer es María de Sansoric, la segunda esposa de Pedro Ocharte, quien fue responsable de la oficina durante su paso por el cadalso y tras la muerte del impresor. El taller de Ocharte se trasladó al Convento de Tlatelolco, donde permaneció en manos de los herederos de Ocharte.

“Así hizo su aparición Cornelio Adrián César, quien trabajó como cajista entre 1597 y 1633 y colaboró con varias viudas. Llegó a México en 1595 y, al igual que Ocharte, tuvo problemas inquisitoriales que purgó en Tlatelolco, donde –él mismo narra—se quejó no sólo de los malos tratos del guardián, sino de que le pedían enseñar las habilidades técnicas tipográficas a los indígenas que residían allí, lo que es un dato muy interesante, porque permite entender que los indígenas tuvieron una participación activa en las labores tipográficas y editoriales en el siglo XVI”.

Enrico Martínez fue otro de los impresores mencionados por Marina Garone, quien trabajó a partir de 1599, aunque no se conoce hasta cuándo tuvo la imprenta como tal, siendo más conocido porque tuvo a su cargo la elaboración del desagüe de Huehuetoca.

A principios del siglo XVII, la participación de los indígenas se manifestó de múltiples maneras, no sólo fueron colaboradores de muchos religiosos y de autoridades civiles, sino también fueron correctores, traductores y participaron en la configuración material y visual de muchas de estas obras, además de las habilidades de escritura y caligrafía, por lo cual “es posible encontrar referencias explícitas a las habilidades tipográficas en las artes del libro que tuvieron indígenas de distintos lugares”, resaltó Marina Garone.

Fuente: El Colegio Nacional

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