A ningún territorio americano llegó una lengua española, sino una lengua nivelada y la variación es inherente al funcionamiento de cualquier lengua y la variación lingüística enriquece”

“Andalucía y el mar marcaron la identidad mexicana, dejaron una huella profunda que hoy es imperceptible, pero somos hijos y herederos del mar y somos hijos de una lengua de conquista que se fue aclimatando poco a poco”. Así las palabras de la lingüista Concepción Company Company, miembro de El Colegio Nacional, al dictar la cátedra “La lengua que trajeron los españoles”, transmitida en vivo a través de las plataformas digitales de la institución este 14 de abril.

Como parte del ciclo ¿Qué ocurrió después de 1521? Gramática, cultura oral y cultura escrita en México, la lingüista mostró las primeras manifestaciones de la lengua española en el país y compartió las razones culturales y las geográficas “que hacen que el español que llega sea como una lengua de conquista y se convierta, en un proceso complejo y largo, en lengua patrimonial”.

“Lo primero que debemos tomar en cuenta es que el español de América tiene dos características únicas: la primera es que Hispanoamérica constituye la mayor vastedad geográfica del planeta Tierra, en la que un hablante puede moverse sin cambiar de lengua, sin cambiar de patrimonio esencial, hablando sólo español: 12 millones de kilómetros cuadrados, 16 países de la América continental y más de 11 mil 700 kilómetros desde el Río Bravo hasta la Tierra del Fuego. Eso es una rareza de la lengua española.”

“La segunda característica es que, en condiciones normales, incluso de conquista, es imposible saber cuándo empieza una lengua. Para el caso del español de América es posible datar el inicio con total precisión, de acuerdo con Colón: un miércoles de la segunda semana del mes de octubre de 1492, cuando todavía no amanecía, a eso de las cinco de la mañana, cuando llegó a Guanahaní, isla a la que le puso San Salvador, donde tiene los primeros contactos con los pobladores.”

Ese español que llegó con Colón, contó la colegiada, sí se podría considerar como una lengua de conquista, pero que sufre un gran cambio progresivo a lo largo de 500 años, desde 1521 hasta 1860, en el estatus del español de América, hasta convertirse en una lengua patrimonial, “eso es indiscutible, otra cosa es cómo la sintamos”.

Un proceso gradual, lento, desarrollado en diferentes fases, desde la ruptura de las lenguas originarias, con lo que el español se convierte en una lengua colonial: para 1521, cuando Cortés y un puñado de españoles, apoyado por más de 150 mil indios que iban en contra del imperio de los mexicas, ya es una lengua de colonia, limitada a ciertas esferas de la vida: administración civil, militar, la vida religiosa y la explotación de recursos.

“Cuando se convierte en lengua franca viene el primer triunfo del español en su camino a lengua patrimonial: empieza a expandirse, hay necesidad de usar la lengua y se vuelve cómodo usar sólo una lengua como un soporte transversal de vida cotidiana, más allá del grupo que lo impone. Hablamos de 1570, aunque durante un siglo, cuando menos, convive con el náhuatl y con el neolatín: la liturgia y la administración se hicieron en latín hasta bien entrado el siglo XIX.”

A lo largo del siglo XVII, sobre todo hasta el proceso de independencia, debió darse una convivencia entre una lengua para ciertos efectos de comunicación y otra para diferentes necesidades: se emplea español para unas áreas de la vida, como el comercio, la administración y la interacción laboral con el otro, y se emplea la lengua indígena para la vida cotidiana íntima, “para el mercado, para saludarse en la banqueta, para comprar pulque”.

“En el siglo XVIII empieza a documentarse una pérdida progresiva y acelerada de lenguas indígenas. Fueron mayoritarias hasta el siglo XVIII y, a partir de 1770, cuando empiezan a funcionar las leyes borbónicas empiezan a desaparecer, porque los indígenas se ven obligados a migrar a las ciudades, la convivencia entre españoles e indios se hace mucho más estrecha y provoca una acelerada pérdida de lenguas indígenas, mientras la lengua española se empieza a meter a todas las esferas de la vida cotidiana.”

De Benito Juárez para acá, en una fase no concluida, relató Company Company, hay una lengua patrimonial porque 123 millones de mexicanos la tienen como lengua materna y es su única herramienta de comunicación en el día a día, no hablan una lengua indígena.

La situación actual es que, posiblemente sea una lengua poscolonial, porque hay una percepción en los mexicanos de que se trata de una lengua impuesta, aunque si se pregunta “usted habla otra lengua indígena, la respuesta sería negativa”, a decir de la especialista; paradójicamente “el sentimiento general de la mayoría de los hispanohablantes es que el español es la lengua y las lenguas indígenas son dialectos, aun cuando cualquier manifestación de lengua es una lengua”.

“A la fecha, las lenguas indígenas y el español han estado en una relación de conflicto y no de consenso. Cuando dos lenguas están en consenso, con las dos puede hacer cualquier faceta de su vida y puede tener su vida en la escala social; cuando están en conflicto, significa que sólo se escala con una de ellas y la otra está reducida a la vida íntima, a la familia. Esa ha sido la relación, particularmente desde 1770 a la fecha, entre las lenguas indígenas y el español.”

“Estas fases y este sentimiento de que se trata de una lengua impuesta me hace preguntarme si la patrimonialización del español está concluida en México y yo diría que no”, resaltó la colegiada, quien durante su cátedra reconoció que el avance del español va de la mano de la retracción de las lenguas indígenas, irremediable si no hay una política real, no sólo de discurso político, que empieza en 1770, “el otorgarle estatus de ciudadanía a los indígenas fue el remate para las lenguas: las reformas de Juárez fueron la puntilla para la sobrevivencia de las lenguas indígenas”.

Casi 200 años se requirió para que un americano usara esa palabra como gentilicio de identidad: dos siglos en tomar conciencia de americanidad, porque entre los primeros en llegar a América había alemanes, flamencos, franceses, dentro de España la mayoría eran andaluces y extremeños: un conglomerado dialectal, multilingüístico, al que había que sumarle el hecho de que cualquiera que fuera su procedencia, los navegantes debían llegar a Sevilla para pedir permiso para embarcarse, mínimo pasaban un año, a veces hasta dos años, para conseguir ese permiso de embarque y esa larga espera permeó de andalucismo todo el español americano.

“La estrecha convivencia en los barcos dejó una herencia: somos herederos del mar, pero esas huellas están desde el latín. La vida cotidiana se hizo a través del mar y ya en latín había palabras como arribar, llegar a la orilla: hay palabras que son marinerismos y los hablantes no los reconocemos como marinerismos, con lo que el mar moldeó el léxico de México, también el de España, pero mucho más el de América.”

Dentro de los momentos claves enumerados por la lingüista está el de la independencia, porque generó ruptura de los flujos migratorios, con lo cual al español americano ya no llegaron ciertas estructuras que perviven en España, como “voy a por cerveza”, mientras en el español americano se dice “voy por cerveza”.

“Cada momento histórico tiene reflejos en la lengua. A ningún territorio americano llegó una lengua española, sino una lengua nivelada y la variación es inherente al funcionamiento de cualquier lengua y la variación lingüística enriquece, la hace más más rica: hablar chilango, costeño de Guerrero o de Veracruz o norteño de Monterrey”, en palabras de la integrante de El Colegio Nacional.

Fuente: El Colegio Nacional

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