Tahiry Bolaños López

Mi momento más esperado del día al fin había llegado. Todo estaba listo: las sábanas recién lavadas, ropa para la ocasión y música relajante. Reviso todo por última vez mientras una mezcla de angustia y nerviosismo se apodera de mí. ¿Podré lograrlo esta vez? Esto nunca había sido un problema, pero ahora parece que mientras más me empeño en que suceda menos lo logro y mi noche se arruina.

Me recuesto en la cama, lista para intentarlo. Escucho la música y siento cómo mi cuerpo se relaja, mi mente se aclara y caigo en los brazos de Morfeo. ¡Al fin!, una noche en la que no tardé horas en poder dormir. Escucho un ruido y despierto: un zumbido fuerte se escucha a mi alrededor. Malditos mosquitos. Enciendo la luz para encontrar al perpetrador de mis sueños y quedo sorprendida, algo peor que un mosquito. ¿Una cucaracha voladora? No, un mosquito gigante, del tamaño de una moneda de diez pesos. Entramos en lo que parece ser una danza involuntaria: el mosco volando por su vida; yo, brincando y dando manotazos, desesperada por sacar al mosco del cuarto y temerosa de no sufrir alguna picadura en el intento. Al lograr mi cometido, me preparo para dormir nuevamente pero, parece que Morfeo, ofendido por abandonarlo en mitad de la noche, ha decidido irse para no volver.

Me dispongo entonces a saber más sobre este mosquito gigante. Si los pequeños dan piquetes muy molestos y pueden transmitir graves enfermedades, ¿qué podía esperar de este mosco, que parece más aterrador? Pero me encuentro con una grata sorpresa. Resulta que no es un mosco, sino lo que pareciera ser un primo cercano: insectos pertenecientes a la familia Tipulidae, conocidos comúnmente como mosca grulla o mosquito gigante. Pero ¿no acababa de decir que no son mosquitos? Así es, no lo son, pero ese es el apodo con el que la gente los conoce; principalmente por sus similitudes, ya que ambos pertenecen al grupo de los dípteros, que tienen dos alas, y al subgrupo Nematocera, insectos con antenas largas y delgadas, con filamentos que hacen parecer que tuvieran plumas en ellas. Pero tienen una gran diferencia, y es que esta mosca grulla no se alimenta de sangre humana ni de animales, sino de néctar. Resulta que, al igual que los moscos, se sienten atraídos por las luces. Estaba allí por eso y no por mí. Me sentí mal por la pobre mosca grulla, que vio el final de su vida gracias al miedo que se apoderó de mí.

Después pensé que nunca antes había visto una de ellas, ¿cómo es que ahora aparecía de repente? Y resulta que, al igual que los moscos, aparecen después de la temporada de lluvias, pues buscan lugares húmedos y cálidos para poner sus huevos, como botes y llantas con agua estancada. Recordé en ese momento que mi vecino parece coleccionista de llantas y cada semana trae una nueva a su jardín, tal vez allí venían algunos huevos de esta mosca grulla. Reflexioné entonces en la importancia de las campañas de limpieza en temporada de lluvias. A mí me tocó una mosca grulla, pero pudo haber sido Aedes aegypti, un mosquito que puede transmitir virus graves que pueden incluso llevar a la muerte, como el dengue, chikungunya y zika, solo por mencionar algunos. ¡Qué bueno que me informé! Ahora podré estar prevenida.

Hundida en mis pensamientos, parece que el sueño vuelve a mi encuentro y me dispongo a dormir. Me recuesto y cuando estoy a punto de conciliar el sueño, suena mi despertador. Una noche más sin poder dormir.

Fuente: Sin embargo se mueve ...

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