La aparición de la calcografía permitió difundir los nuevos conocimientos a un número mucho mayor de personas, con lo cual las estampas suplieron a las pinturas, antes de que llegaran las fotografías, afirmó el arqueólogo López Luján

Las preguntas que se planteó Leonardo López Luján, integrante de El Colegio Nacional, al dictar originalmente en 2015, la conferencia El dibujo anticuario de la Nueva España del siglo XVIII, se relacionaron con quiénes era los anticuarios, cómo se asociaban entre sí, qué motivaciones tenían, cuál era su entrenamiento para representar el pasado en texto e imagen y, sobre todo, cuál era la función de los dibujos y grabados que produjeron ellos durante décadas.

La cátedra que formó parte del ciclo Miradas hacia el pasado. Historias póstumas de los monumentos prehispánicos, coordinado por el también colegiado Eduardo Matos Moctezuma, fue la recomendación en línea de este 12 de octubre.

En esta sesión, López Luján ofreció una revisión panorámica de las ilustraciones de tema arqueológico producidas en México al final del periodo colonial, con el propósito de examinar los orígenes de la arqueología, sobre todo en aquellos sitios “donde nosotros mismos trabajamos en la actualidad e identificamos, desde el otro lado del espejo, la atenta mirada de anticuarios y artistas”, para lo cual buena parte de su conferencia estuvo centrada en la relación del trabajo arqueológico con la ciencia y la técnica.

“Cada día se registra un nuevo avance tecnológico. Las actividades científicas experimentan hoy una evolución vertiginosa en la que, tanto el instrumental de observación como el de representación del mundo objetivo, hacen que nuestra mirada al pasado alcance horizontes cada vez más lejanos. Esto nos permite plantearnos preguntas diferentes sobre una realidad que se nos revela más y más compleja, así como contestarlas con procedimientos que nunca imaginaron nuestros predecesores y, siendo honestos, nosotros mismos”.

El arqueólogo recordó que, en 1978, cuando se llevó a cabo la primera temporada del proyecto Templo Mayor, la aproximación al pasado se daba con medios técnicos muy distintos a los de la actualidad, los cuales ofrecían una gama de recursos relativamente limitada, “obviamente esta es una visión retrospectiva, en aquella época usábamos la tecnología de punta”, si bien con el paso del tiempo y al igual que todos los arqueólogos del mundo se han apropiado de novedosas técnicas de visualización que potencian las investigaciones de muy diversas formas.

“Hoy, por ejemplo, recurrimos a imágenes satelitales y fotografías aéreas de alta resolución, tomadas por aviones, helicópteros o drones, que nos ayudan a analizar el paisaje donde se asentaron las sociedades antiguas. Nos valemos de estaciones totales y programas informáticos de arquitectura para topografiar el terreno, elaborar planos extremadamente detallados y levantar sobre ellos reconstrucciones hipotéticas: el avance que registra nuestro quehacer es consecuencia de una larga tradición arqueológica en México, que está a punto de cumplir los 250 años”.

Del otro lado de la disciplina se encuentran los anticuarios, los coleccionistas y los artistas del siglo XVIII, quienes se interesaron por primera ocasión en las expresiones culturales de las civilizaciones prehispánicas, por motivos tanto científicos como políticos, y que revaloraron histórica y estéticamente las antigüedades mexicanas.

El poder de la técnica

En ese recorrido histórico-técnico, Leonardo López Luján lo mismo se refirió al trabajo de los tlacuilos para desarrollar mapas o pinturas cuya elaboración no fue producida por propósito científico, sino por motivos legales o religiosos, como para definir límites geográficos, hasta los artistas que, egresados de la Academia de San Carlos participaron de manera estrecha en la recreación de zonas arqueológicas o monumentos.

Todo ello sin hacer a un lado las transformaciones técnicas que propiciaron se pasara de los dibujos únicos a las reproducciones, en especial con el surgimiento de la calcografía, o grabado en cobre, cuyo uso se generalizó en las publicaciones científicas de la Nueva España y “gracias a su poder de multiplicación permitió difundir los nuevos conocimientos a un número mucho mayor de personas: las estampas suplieron a las pinturas”.

“Todos estos artistas entablaron relaciones cliente patrón con anticuarios y aficionados, generalmente criollos ilustrados o viajeros europeos, que integraban grupos de individuos de sexo masculino, con una situación económica desahogada, bien educados y, por lo común, vinculados con la Academia de San Carlos. Compartían un gusto por las antigüedades que, en muchas ocasiones, se expresaba en forma de coleccionismo”.

En ciertos casos, evocó Leonardo López Luján, los anticuarios recurrieron a servicios de profesionales, a quienes confiaron sus imperfectos bocetos para ser pasados en limpio; en otros casos, se solicitaba al artista realizar un dibujo directo del original, lo que implicaba que las imágenes se realizaran in situ y con la estricta supervisión del mecenas.

“El resultado son dibujos precisos en cuanto a medida y proporción, que se convertirán en apoyos visuales para dilatadas argumentaciones. Al analizar en conjunto este corpus de dibujos y estampas de tema arqueológico nos percatamos que, con mayor o menos éxito, intentan apegarse a un discurso que aboga por la exactitud empírica y rechaza la exageración teatral propia de visiones pintoresca”.

Fueron ilustraciones que seguían normas y convenciones tomadas de otras disciplinas científicas y técnicas, una de ellas la minería, con lo cual cada lámina enmarcada por una fina línea negra podía contener una o varias figuras, todas las cuales eran debidamente numeradas y referidas en cada uno de los textos.

“Los temas representados van desde sitios arqueológicos enteros, hasta diminutos artefactos, pasados por monolitos y edificios; pero a diferencia de lo que ya se acostumbra en Perú para estos mismos tiempos, aún no se registran perfiles estratigráficos ni contextos arqueológicos en proceso de excavación. Para esta revolución habrá que esperar en México la llegada del siglo XIX y después, claro está, la llegada de la fotografía”, a decir de Leonardo López Luján.

Fuente: El Colegio Nacional

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