Durante la sesión, transmitida en vivo el 27 de agosto a través de las plataformas digitales de la institución, Lomnitz habló de los estudiosos de la criminalidad y de sus violencias, quienes “suelen partir de alguna caracterización de tipos de crimen organizado para concentrarse luego en el análisis de los cárteles. Así, hoy usamos la palabra cártel igual para caracterizar a una organización dedicada al robo y venta de gasolina para el mercado interno, como el Cartel de Santa Rosa de Lima, que para una organización que articula el comercio internacional de la cocaína y que combina ese negocio con el tráfico humano, el robo de gasolina y la extorsión, como los Zetas”.

De acuerdo con el colegiado, el uso de la palabra cártel ha llegado a tal punto que cualquier grupo criminal que quiera hacerse notar sabe que si organiza algún derroche escandaloso de violencia y se llama a sí mismo cártel, con eso tendrá lo suficiente para acceder al calificativo y será tratado como tal, tanto por la prensa como por buen número de criminólogos, “de modo que acabamos por no entender cuál podría ser una definición analíticamente útil de una organización así”.

Los estudiosos que critican todo esto con demasiada frecuencia se dedican a construir estas tipologías para mostrar que son tipificaciones que se promueven con fines ideológicos o aún propagandísticos y se conforman a cambio con visiones demasiado imprecisas de las formas de organización social que se han inventado para regular las economías criminales o criminalizadas.

A veces, da la impresión de que para los deconstructivistas sólo las instituciones que conforman el Estado son capaces de coordinarse o inventar alguna nueva forma de organización social, destacó Claudio Lomnitz, quien durante su conferencia tomó distancia de ambas estrategias a fin de aportar algunos elementos con un análisis original de las economías criminales, “a través de la identificación de cuatro tipos de regiones contrastantes que forman sus subsistemas de una misma economía transnacional: las unidades de análisis del crimen organizado y desorganizado”.

Para ello, el investigador llamó a pensar el campo criminal en su dimensión espacial, pero también temporal: en su primera época, por ejemplo, que duró casi todo el siglo XX, el narcotráfico mexicano tenía dos componentes, uno agroproductivo y otro comercial, orientado a llevar la mariguana y la heroína a la frontera con Estados Unidos.

“La segunda época, que arranca a mediados de los años 80, agrega a esas actividades el tráfico de una droga importada que no podía ser cultivada en México, como la cocaína. El componente comercial y de contrabando de la economía de las drogas se agrandó mucho, y potenció a los contrabandistas del lado oriental de la frontera mexicana con los Estados Unidos, un modelo amplió las redes de mayoristas mexicanos en Estados Unidos, hasta llegar a la situación actual en que los mexicanos son los principales proveedores de droga en ese país.”

En ese sentido, la introducción del tráfico de cocaína significó un cambio profundo en la organización socioespacial de la criminalidad al interior mismo del país, sobre todo por la consolidación de un extracto entero de chivos expiatorios, los usuarios de drogas, “que pueden servir, además, como un ejército criminal de reserva”.

“Sin embargo, para un mafioso, un policía o un político, sacrificar a un drogadicto se ha convertido en un acto rutinario que existe para apaciguar la ira popular. El narcotráfico fue el rubro económico que transformó la organización del crimen en México y dio pie al nuevo Estado que estamos caracterizando en este ciclo de conferencias.”

Los subsistemas

En su estudio, Claudio Lomnitz ofreció una perspectiva amplia, incluso geográfica, de lo que ha sido el desarrollo de la criminalidad, en especial desde el narcotráfico; al primer modelo lo llamó Subsistema con modo en la organización de la venta al menudeo, para lo cual ofreció como prototipo la situación de Los Ángeles, California.

“La distribución de la droga en los Estados Unidos dependió siempre de distintas clases de actores: uno, los mayoristas, que inicialmente eran grupos mafiosos con presencia en California, en tiempos en que el consumo de la droga mexicana tenía un mercado restringido; la heroína era una droga consumida por los veteranos de las guerras y la mariguana era popular entre algunos jóvenes afroamericanos y mexicanos, pero no muchos más.”

“Con la exaltación de la mariguana y de los alucinógenos en los años 60, esto cambió y aumentó mucho el consumo de mariguana, potenciado por los soldados y veteranos de la guerra de Vietnam. Junto con el crecimiento del consumo, se abrió también el apetito de experimentación de nuevos tipos de drogas.”

Se trata de lo que se ha llamado como la edad de oro de las drogas en Estados Unidos, recordó Lomnitz, cuando el mercado era bastante abierto y, en todo caso, pacífico, y tanto la producción como la distribución eran artesanales, aun cuando después vino una época de consolidación de territorios de producción y de distribución que se dio a ese momento de apertura.

El segundo modelo analizado lo definió como Subsistema regional con modo productor, siendo Sinaloa el ejemplo de su uso, en un momento que se estaba pasando de un sistema organizado en torno al narcomenudeo, a un subsistema regional que tiene su élite y grupo social de origen: comerciantes acaparadores que tenían acceso privilegiado del producto de campesino de productores de la droga.

“Un subsistema regional que tiene su origen en una élite ranchera, que fue tejiendo y articulando redes con otras clases de actores sociales: campesinos, químicos farmacéuticos, policías, políticos, bodegueros y contrabandistas. En México conocemos mejor a esta clase de subsistema, que tiene una élite que se originó en los ranchos, a diferencia de la que se generó en el sur de California, basada en la articulación en las cárceles y entre pandillas urbanas.”

A lo anterior habría que agregar el hecho de que la palabra Sinaloa se ha transformado en una marca y, en todas partes, menos en Sinaloa, se habla del cártel de Sinaloa, si bien la región medular está en el llamado Triángulo dorado, que tiene sólo una parte en Sinaloa, la otra está en Durango y en Chihuahua, un rasgo relevante: estar enraizado en una región periférica dificulta el sometimiento de esa élite a un gobierno estatal.

El tercer tipo abordado por Claudio Lomnitz lo llamó Subsistema regional con un modo contrabandista, cuyo territorio de origen se encuentra en la frontera entre Estados Unidos y México, donde se vive un ir y venir constante entre la regulación del comercio internacional y la economía subterránea del contrabando, lo cual no tiene ninguna novedad, pero ya para el siglo XX “la mercancía que cruzaba la frontera estaba dividida en dos tipos la fayuca y las drogas”.

“La fayuca venía de Estados Unidos hacia México y las drogas de México hacia los Estados Unidos; dado el proteccionismo comercial mexicano que duró hasta fines de los ochenta, el negocio de la fayuca comprendía objetos industriales de toda índole, desde refrigeradores hasta juguetes y todas las ciudades fronterizas tenían a sus fayuqueros: era un negocio que no tenía por qué traerles problemas mayores con las autoridades estadounidenses y en cambio sí requería un entendimiento con los policías municipales de los lugares donde se vendían o almacenaban los productos, así como de la policía federal de caminos o las aduanales.”

En ese proceso, se dio un tipo de fayuca que fue muy importante para el negocio del narcotráfico, en especial cuando empezó a crecer, a decir del miembro de El Colegio Nacional: los vendedores de autos chocolates o robados, porque ellos tuvieron que desarrollar un amplio espectro de relaciones para realizar ese trabajo.

“Se dice, lo escuché en Culiacán, que varios conocidos narcotraficantes hicieron sus pininos en el mercado de coches robados o chocolates, incluyendo al Chapo Guzmán, el Güero Palma y Amado Carrillo.”

La frontera tamaulipeca y coahuilense no se especializaba tanto en el narcotráfico y de Ciudad Juárez para el oeste estaba controlada por traficantes sinaloenses y sus socios en Chihuahua, Sonora, Durango y Baja California. Esto cambió a partir del momento en que el mercado de la cocaína empezó a pasar por México.

“Un sobrino de Juan N. Guerra, Osiel Cárdenas, hizo crecer al llamado Cártel del Golfo, que se convirtió en una de las principales organizaciones del narcotráfico mexicano; tampoco parece casualidad que la frontera oriental haya sido el lugar desde donde se pasó, ya de mano de los Zetas, del negocio del narcotráfico al del control generalizado del crimen”, señaló Claudio Lomnitz.

Por último, el antropólogo social se refirió al subsistema regional con modo en un territorio de paso, siendo el prototipo de este análisis Honduras, como parte de una región que ha sido sometida e integrada por organizaciones criminales mexicanas, aunque “nuestros gobiernos nunca se hayan cargo de su responsabilidad y que son un territorio de tránsito”.

“Son los países del llamado Triángulo del norte centroamericano, que han sido un botín disputado por varias de las organizaciones criminales, en particular por los Zetas, y por los de Sinaloa, que regulan el narcotráfico en Honduras: un espacio sumamente útil para los grandes intereses del narco mexicano, porque se puede conseguir allí cocaína mucho más barata y porque ninguno de los grupos de narcotraficantes mexicanos tiene una fuente independiente de producción de cocaína.”

Fuente: El Colegio Nacional

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